Huida a la fantasia (1997) watch online (quality HD 720p)

Date: 13.02.2018

Huida a la fantasia (1997)

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Las relaciones amorosas, en este contexto, se basan en la confianza en la otra persona para mantener dicha exclusividad. No somos ni boskimanos ni musulmanes ni esquimales. Vivimos inmersos en una cultura de la fidelidad. Es en la sociedad moderna en donde la fidelidad, en tanto que confianza, es erigida en norma dentro de un nuevo marco relacional: En este contexto, la infidelidad implica la ruptura —unilateral— de un pacto moral entre dos personas, realizado libremente y de manera consensuada.

Perder el contacto con los sentimientos es perder el contacto con la realidad, lo que supone una forma de locura. Y basta con tener sensaciones hacia otra persona para justificar la infidelidad.

La persona infiel no ha renunciado a su ego para formar un amor maduro. Ambas personas, que participan conscientemente en la infidelidad, se muestran incapaces de ponerse en el lugar de la persona traicionada. No es gratuito dejar a alguien sin enterarse de una determinada realidad. La persona infiel es libre de irse, nada ni nadie la retiene. El secreto de la infidelidad no significa trascender hacia lo sagrado, separando de lo profano. Ninguno de los dos componentes de la pareja infiel construye.

La infidelidad deja de ser tal cuando el secreto se rompe, es decir, se desvela. El hechizo se ha roto. Ya nada vuelve a ser igual. La infidelidad no representa una realidad sino un alejamiento de la misma. La infidelidad refleja el debilitamiento de los lazos emocionales por parte de la persona infiel. Supone cambiar algo sin cambiar nada; es cambiar el problema de sitio. La infidelidad es abandonar a la pareja.

La infidelidad, en este sentido, resulta ser un exorcismo que expulsa los demonios internos, en lugar de elaborarlos como una persona madura. La infidelidad es una forma de violencia por parte de la persona infiel porque convierte a su pareja en un enemigo sobre quien proyectar sus propias dificultades.

La infidelidad es un acto arrogante, vanidoso. La infidelidad no tiene nada que ver con la monogamia o poligamia. El significado de fidelidad no concierne a las relaciones amorosas sino a las relaciones en general. Tiene que ver con la confianza, no con la sexualidad. Tiene que ver con el compromiso, con la lealtad, con la constancia y la coherencia; tiene que ver con la palabra.

El ser humano es un ser de palabra: La culpa y la responsabilidad de la infidelidad, en sentido estricto, solo la tiene la persona que es infiel y que falta al compromiso de lealtad y falla a la pareja. La culpa y la responsabilidad de la infidelidad es de quien no comunica, de quien miente, de quien abandona, de quien se separa. Por ello, tampoco la persona traicionada ha idealizado a su pareja o se ha negado a ver algo que era evidente.

En esta nueva pareja, se exaltan, se exageran los sentimientos. La amante se convierte en su droga, su chute, su dosis. Se trata de un yo suficiente, omnipotente, majestuoso. Es este mecanismo el que permite que la persona infiel pueda llevar esa doble vida. El tercero es el desplazamiento. La persona infiel desplaza su verdadero conflicto que es interno y lo deposita en la persona de su pareja.

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Como la persona infiel no sabe gestionar sus propios conflictos, los expulsa, los echa y los vierte hacia el otro. La persona infiel se disocia de su moral, de su vida, de sus sentimientos, de sus emociones, de sus percepciones. Su vida comienza a centrarse alrededor de una sola cosa: Todo su mundo se desvanece. La infidelidad se ha vuelto obsesiva. La persona infiel, muchas veces, se siente herida en su orgullo; tiene una falla narcisista.

Ese proceso fue abortado. Es su neurosis realizada, actuada.

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Por eso, la persona infiel no es capaz de separarse, de afrontar la realidad, la cual lleva siendo ocultada desde hace tiempo. La persona infiel deja de hablar, de participar en la vida cotidiana de la pareja. Tiende a evitar los cambios; no acepta el continuo cambiar de la vida y se aferra al pasado. Los conflictos interiores sin resolver se acumulan.

La persona infiel castiga a su pareja por haber cambiado, por vivir en la realidad, por haberlo abandonado, por haberlo perdido. La persona infiel revela una fuerte resistencia a madurar. La persona infiel retrocede a la adolescencia y su silencio es su forma de controlar. Buscar las causas de la infidelidad, particularmente dentro de la pareja, es echar balones fuera y sobre todo justificar algo del todo injustificable.

En el apartado anterior ya he esbozado algunos errores cognitivos en forma de creencias irracionales al respecto. La persona infiel viene arrastrando trastornos caracteriales fruto de su trayectoria afectiva individual enquistada, bloqueada, no resuelta. Al igual que la persona adicta, la persona infiel se conduce huyendo de afrontar sus propios problemas, sus propias carencias.

En este sentido, la infidelidad es una forma de violencia directa [1]. Es una bofetada por parte de la persona infiel, es un golpe bajo. La infidelidad es un caso de heteroagresividad.

En el fondo, consciente o inconscientemente, le culpa a ella de sus propias desgracias. La persona infiel manipula a su antojo la realidad vincular. En definitiva, la persona infiel construye un entramado de trampas mentales que le conduce al delirio. Para tomar conciencia de lo que no funciona en la pareja, para resolver una crisis de pareja, no es necesario ser infiel.

Pero basta con que uno de los dos componentes sea inmaduro para que esa inmadurez revierta en la pareja. La infidelidad no es una crisis de pareja y, por lo tanto, tampoco es una oportunidad para el cambio. La persona infiel tiene un problema en el autocontrol de sus impulsos. La persona infiel no sabe comunicar porque ha decidido no hablar.

Y la infidelidad representa la fuga perfecta: En definitiva, un acto compensatorio, un acting out [2]. Se trata de un mecanismo de defensa para escindir de la psique, elementos disruptivos molestos del yo Steinberg, Por lo que, en consecuencia, estos elementos disruptivos se eyectan fuera. La persona infiel se coloca fuera de la pareja. Y esa es en realidad la doble vida. La persona infiel, como su nombre lo indica, infidelis, es una persona que ha perdido la fe, que no cree, que es incapaz de transcender de su yo a un nosotros.

En este sentido, la persona infiel rechaza los principios de la comunidad, de la pareja para permanecer anclada en su ego, en su individualidad.

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Es incapaz de renunciar a su narcisismo para aceptar las reglas de la comunidad; es incapaz de intimidad, de darse, de entregarse. La utiliza para reequilibrar su propia balanza. Ello demuestra que la falla es de tipo narcisista: Es el cuento de Blancanieves hecho realidad. Es como si la nueva pareja supusiese el complemento narcisista perfecto. Es la otra cara de la falla narcisista de la persona infiel.

Ambos dos se nutren narcisisticamente. Ambas fallas narcisistas parecen mostrarse complementarias. Pero condenada a la soledad y a la imposibilidad relacional. La diferencia es que lo sabe y lo acepta.

Y por supuesto, el secreto parece ser el ingrediente fundamental que cohesiona y pega a la nueva pareja. Una pareja cimentada en la versatilidad, la inestabilidad, en el sacrificio del chivo expiatorio, en el silencio de la complicidad en el crimen de matar a una pareja para crear otra.

El sentimiento de envidia parece esconder un profundo y oculto sentimiento de inferioridad por no tener aquello que se estima ideal. La envidia en el adulto representa una reminiscencia del mundo infantil, de un narcisismo no transcendido, no madurado. Es una reina sin trono. Vive oculta, como un fantasma, en la sombra; carece de reconocimiento. Ella es solo la doble, la copia; no el original. La sombra necesita del astro rey para brillar porque no tiene luz propia.

Accede al amor por rivalidad. La violencia directa es la visible, aquella que se concreta en comportamientos y actos. Es la emergencia de lo reprimido Laplanche y Pontalis, El delirio, un error necesario.

Journal of Peace Research, 6 3 , pp. Editorial del Nuevo Extremo.